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Violencia machista. Un relato desgarrador

Silvia Valdéz vive una pesadilla: víctima de violencia de género con consecuencias físicas aun inciertas y madre de un chiquito que también fue amenazado, transcurre sus horas entre ataques de pánico y el temor que genera la incertidumbre de saberse amenazada.
Su caso presenta varias similitudes al de Nadia Lucero, la joven que fue golpeada y torturada por su expareja y que apareció, inconsciente, en la guardia del hospital Lucio Molas en donde aun se recupera.

Ayer, con voz firme y decidida, Valdéz brindó su testimonio a La Reforma. Contó que, aunque las agresiones vienen sucediéndose desde hace tiempo, el fin de semana fue la más criminal. Todo empezó el viernes, cuando fue a la casa que compartían a retirar sus pertenencias. Algo pasó y no tiene recuerdos de nada hasta la medianoche, cuando se despertó, bañada y sin ropa en la cama.

A la mañana siguiente ocurrió lo peor, confesó. Decidida, enfrentó a su agresor y le dijo que la relación había terminado. La respuesta fueron insultos y golpes de todo tipo y en todas partes del cuerpo.

Me pegó con sillas, rompió un futón y sacó la madera con clavos y me pegaba con eso, en el piso me pateaba la cabeza y las costillas, me dio piñas en el estómago y desde entonces estoy sin poder comer, tengo la garganta inflamada porque me ahorcaba. Me decía ‘para qué te querés matar, deja que te mato yo’ y cuando veía que me quedaba sin fuerzas me soltaba

La tortura llegó, en un momento, a su fin. Y el victimario se fue al trabajo. Entonces Valdéz llamó a una amiga, que junto a otra, un vecino y a los trabajadores del hospital de Toay lograron rescatarla. Tras los primeros estudios médicos fue derivada al Lucio Molas para que le hicieran otros de mayor complejidad, puesto que tenía una herida ‘abierta’ en la cabeza.

Todavía padece las consecuencias de la golpiza “se me duerme la mitad de la cara y del oído izquierdo, en donde me pegó, escucho un zumbido”, pero más la atormenta el temor de no saber qué puede pasarle a ella o a su hijo.

“Tengo miedo porque ahora sé que había tenido hechos así con otras dos parejas. Es una persona que no necesita, digamos, ni tomar nada para ponerse violento. No le gusta que lo contradigan. Pero si me quedaba callada también se enojaba. Ahora lo único que tengo es una orden de restricción de 90 días, pero…”, contó.

Su calvario duró 6 meses de los 10 que convivieron. Y soportó demasiado, según ella razonó a través de su Facebook, en donde expuso su caso: “Por cosas como estas es que tenés que denunciar a la primera y no se dan una idea del daño psicológico que les provoca, muchachas yo hoy la estoy contando pero muchas otras, ni siquiera pueden salir de ese maldito encierro! yo les pido no se queden calladas por Dios”, pidió. Ojalá sea escuchada.7

LA REFORMA

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